Capítulo 1 (1/1)
Tomó un último sorbo de la botella de soju antes de apilarla junto a las demás ya vacías sobre la barra. No había dicho ni una sola palabra, mucho menos había sido capaz de llorar o de siquiera expresar su tristeza de otra forma que no fuese bebiendo. Tan solo se dedica a observar las imágenes del viaje a Jeju de hace tan solo dos semanas, cuando lucía contento consigo mismo, cuando no existía la sensación de vacío que ella dejó al irse, cuando el amor todavía existía o al menos anhelaba que fuese cierto.Un hondo suspiro escapó de sus labios, tan pesado que despertó la atención del nuevo muchacho encargado de servir las bebidas, SeongWu ni siquiera se había percatado que el anterior acababa de terminar su turno, solo alza el índice en su dirección y vuelve a apoyarse en sus antebrazos. El hombre le acerca el pedido con cierta curiosidad, se da cuenta de que las mejillas de quien lucía mayor que él mantenían una coloración bastante rojiza al igual que su orejas, dando por hecho que se encontraba a una copa más de perder la consciencia. Intenta detenerlo, mas le es imposible, el pelinegro echa la cabeza hacía atrás e ingiere la totalidad del contenido de una sola vez, manchando su camisa y parte de sus pantalones. Ríe por su acto de torpeza y niega varias veces a las interrogantes que lo atormentan. "¿Me amaba? ¿Estará con él? ¿Debería buscarla ahora?". Le entregó un par de billetes y sin esperar por el cambio, encuentró soporte en la silla contigua y así logró ponerse de pie por unos cuantos segundos antes de perder la estabilidad. Daniel, quien era el único testigo del vergonzoso momento, corre a auxiliarlo.—Creo que ya debería irse a casa... —dice con tranquilidad en lo que le ayuda a levantarse, rodeando su cintura con un brazo. SeongWu asiente en respuesta, ríe cuando está herido y da los primeros pasos hacia la salida en compañía del más alto.No estaba entre sus obligaciones guiar a los comensales ebrios hacia una zona segura en la que pudiesen embarcarlos a sus casas, en realidad, era de nulo interés del gerente el bienestar de sus clientes una vez que estos estuvieran fuera del establecimiento. Sin embargo, cuando estuvo a punto de desplomar el cuerpo del otro a un lado de la acera, este comenzó a sollozar, balbuceando lo que sería una carta de desamor para la persona a quien clamaba amar y quien lo habría traicionado también. No solo se convirtieron en el centro de miradas de los transeúntes, que por tratarse de un sábado por la noche no pasarían desapercibidos entre estos. De pronto, la delgada anatomía se apegó a la suya en busca de refugio, como si se t